
Me equivoqué pensando que tenía bien identificadas mis filias y mis fobias. O en verdad soy joven aunque la cifra se escuche cada vez más ruidosa o el cielo azul de Volaris no es más que una maquiavélica estrategia para incrementar nuestra capacidad de sorpresa. Las avenidas que se asoman en mi cabeza me hacen pensar que es más lo segundo que lo primero. Lo barato sale caro, tan caro que quisiera volver el tiempo atrás y mantener inmaculado mi alto concepto de volar en avión. A esta edad con gusto incorporo nuevas filias, pero las fobias las tenía bien guardadas en el baúl de la niñez, la cuna de todos los males según Freud.
Algo es seguro: Volaris se encarga de mantener a sus pasajeros con los pies en la tierra. Entiendo que eliminar el tradicional bluff de volar tenga su mérito, pero de ahí a que te haga sentir como si estuvieras formado en La Tapo el día en que comienza el periodo vacacional… A esta aerolínea de bajo costo se le pasa la mano. Respeta su concepto tan al pie de la letra que los pasajeros parecen actores pagados que hacen hasta el último esfuerzo con tal de bajar el cielo a la tierra, ponerlo a rodar sobre el pavimento y acompañarlo con música banda a las siete de la mañana. Ya saben, ese tipo de canciones que elevan al borracho a la cuarta potencia pero que en la sensatez de la sobriedad provoca un dolor de cabeza tan severo como el de la resaca. Una pesadilla de altos vueltos.
Mi fobia a volar, cuando menos a volar con Volaris, ha ido a más. Valiente como soy, aunque siga pendiente atreverme a subir en los más intrépidos juegos de los parques de diversiones, decidí darle dos y hasta tres oportunidades más. Reconozco que no fue sólo por voluntad, también porque si se cuentan los pesos y los centavos y se olvidan los más elementales códigos de confort, tranquilidad, alimentación balanceada y la necesidad de un sueño reparador, Volaris es buena opción. Craso error. En mi segundo y tercer intento por sumarme a la lista de viajeros satisfechos con esta aerolínea, acabé dándome cuenta de que el descaro de que una empresa socialmente responsable te alimente a las siete de la mañana con papas Sabritas y galletas María era lo de menos, una pequeña manchita en un tigre que requiere más espacios que álbum Panini para colocar todas sus carencias o, como le dirían en una corporación al empleado al que desean echar, sus áreas de oportunidad.
No más de cinco vuelos redondos en Volaris han arruinado uno de mis más recurrentes viajes a la nostalgia. Hasta antes de establecer una relación más forzada que voluntaria, por aquello de que donde manda empresa no gobierna colaborador, con esta aerolínea, cada que cruzaba el tobogán que lleva de la sala de espera al avión, aceptaba con gusto el viento que suele golpear a la cara y mecer la ropa que llevamos puesta. Desde adolescente, como enamorado de Winnie Cooper y adorador de Kevin Arnold, me parecía que esos pasos entre la tierra y el aire reflejaban bien la antesala de lo desconocido, de lo incierto. De haber podido, hubiera puesto como música de fondo la canción que abría Los Años Maravillosos y hubiera escuchado la voz de Macgyver (según yo la misma que la de Kevin Arnold adulto en español). Pero Volaris echó una cubetada de pintura azul como su cielo sobre mis fantasías y las arrojó al cesto de la basura.
Para que no parezca un artículo pagado contra Volaris, me limitaré a enumerar en unas cuantas líneas lo que me ha ocurrido. No entraré en detalle. Les contaré de refilón, como se espolvorea un pastel, lo que me ha tocado vivir. Ya saben lo de las papas Sabritas y las galletas María, pero no que el sueño placentero de sus pasajeros es interrumpido por la cabina de pilotos para dar un «anuncio muy importante», y no es que fallara el «Left Falange» de Friends ni que estuviéramos por afrontar la más severa de las turbulencias, sino que una niña cualquiera cumplía catorce años. Me da gusto por ella, pero de ahí a que pidan un aplauso atronador a las siete de la mañana… Después, cuando las frituras me habían convencido de que nada peor ocurriría, estaba dormitando cuando el trasero morado del cerdito del Teletón fue pasando asiento por asiento pidiendo donaciones. Tendrían que buscar donativos, pero para pagarme un boleto en otra aerolínea.
Sus pilotos, en una informalidad que viene desde lo más profundo de su manual de comportamiento institucional, se especializan en monólogos. No se limitan a compartir que el Aeropuerto de la Ciudad de México está saturado, sino que públicamente expresan su molestia por la deficiente operación. La inconformidad sindicalizada no es buena idea cuando a bordo se encuentran pasajeros urgidos por quitarse de la cabeza la música banda que el compañero de asiento traía en sus audífonos o la discusión de marchanta de una señora con tal de que un señor que reservo en tiempo y forma su lugar en el avión le permitiera sentarse junto a su hija.
No sigo porque prefiero destrozarme el hígado con alcohol que con quejas. Reitero que no es nada personal (cada que escribo Nada Personal recuerdo las escenas de cama de Ana Colchero) contra Volaris, tan es así que al menos me he atrevido a subirme a sus aviones, porque si las promesas son ciertas, Viva Aerobús supera aún más esa experiencia de bajar el cielo para convertirlo en tierra. A esos aviones sí que no me subiría.