5 lecciones para tener éxito en la primera cita

1.- Sé directo: no las invites a tomar un café. Ahí se va a platicar y tú lo que quieres es llevarla a la cama. Si acepta ir por alcohol, habrás superado el primer gran obstáculo: que esté dispuesta a probar.

2.- Ya en la cita no ataques desde el comienzo, salvo que tengas certeza. Si no, mantente distante y cuenta los tragos que pide. En cuanto llegue al tercero, puedes comenzar a atacar. Usará el consumo de alcohol como pretexto para desinhibirse. Así de falsas son.

3.- Dosifica. Lanza elogios que la hagan sentir bien pero que la pongan a prueba. «No me pareces tan fea». Ahí existen tres posibilidades: que se ría y te haga una cara de repugnancia (estás jodido), que te diga «ah gracias, supongo» (tienes posibilidades) o «¡ah, o sea, tan fea!» (crónica de una conquista anunciada).

4.- Cuida la semiótica de las mesas. Si no tienes la certeza de que ella esté dispuesta, siéntate frente a ella en el bar o restaurante, no a un lado. Si sabe que te gusta, le causará extrañeza. Si lo ignora, aunque es difícil cuando la invitaste a tomar, no se pondrá a la defensiva.

5.- Ante la duda, no hagas movimientos en falso. Cuida el contacto físico. No hagas absolutamente nada hasta recibir una señal. Es cuestión de ver cuánto toma y cómo va cambiando su actitud. Si te aburres y no ves posibilidades, inventa que tienes una junta y no lances coqueteo alguno. Ella se irá con el ego humillado, porque puedes no gustarle, pero igual les gusta que las hagas sentir especiales.

 

Nunca bajes la guardia

antonio-margarito-eyeCasi todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar. Y más vale que así nos quedemos, porque abrirte a la posibilidad de amar es quedar tan expuesto como Antonio Margarito ante Manny Pacquiao. Si no saben de boxeo, imagen una cara desfigurada, con los labios a lo Johnny Laboriel, los ojos a punto de estallar en medio de un cráter formado a punta de hinchazón y la nariz más chueca que un gancho pisado. Tétrica y espeluznante, así de paradójica es la experiencia de abrir la puerta a la exposición sentimental.

Cuando se entablan negociaciones con una mujer, sobre todo en los primeros escarceos, más vale que sea el hombre el que ponga las reglas del juego. Si permites que ella sea la que marque la agenda, la que lleva la batuta y la que encuentra la manija para hacerte embrutecer, irás perdiendo desde el primer round y sacar un golpe letal como el de Juan Manuel Márquez ya con el corazón maltrecho y los sentidos adulterados se complica conforme pasa el tiempo. El que pega primero pega dos veces, sabios los que lo concluyeron.

Ese contrato de compra-venta de bienes físicos entre hombre y mujer debe ser visto siempre como una pelea de box. El que inicia pensando que sus días serán tan felices como los de Dorita en la Ciudad Esmeralda está perdido. A las mujeres para tenerlas, hay que dominarlas. No es por fuerza una postura machista, sino más bien una necesidad para que la relación esté donde nosotros queramos y no donde ellas manden. Siempre que puedas, sin que lo espere, pero sin caer en la brutalidad de morder orejas como Mike Tyson, tira dos o tres golpes de autoridad, después abrázala. Es un uno-dos necesario para minar la confianza de tu contrincante, pero sin desmoralizarla a tal punto que piense que no podrá domar al peso pesado que tiene enfrente.

La guardia es tan importante como el ataque. Por más tentado que te sientas a traicionar tu manual para adaptarte a determinada circunstancia, nunca, bajo ningún pretexto, acudas a la pelea con la sonrisa en el rostro y la mano en el corazón. Nada bueno saldrá de eso, a menos que te guste ser como los sparrings, de esos que reciben golpes y nadie valora, cuando menos no el público ni las edecanes que contonean su cuerpo cada que suena la campana.

Y si algún día, por una de esas malas noches de las que ni Julio César Chávez se salvó, decides bajar la guardia y acabas en la lona. Recupérate, tómalo como experiencia. No te encapriches con tu rival. Hazle creer que ha ganado, que ni siquiera estás pidiendo la revancha porque ella es la dueña absoluta del ring. Entonces, como asesino a sueldo, espera paciente a que se dé la oportunidad de la auténtica venganza. Cuando ella sonría, cuando baje la guardia, cuando piense que todo está bajo su control, suéltale el golpe directo a la cara, déjala inconsciente, comienza la remontada, mándala a la lona y ten la delicadeza de levantarla, porque tampoco se trata de ser patán, bueno sí, pero no tanto.

Aclaro, porque ya me imagino a las asociaciones feministas queriéndome colgar en una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, que todos los golpes aquí sugeridos forman parte de una metáfora. La agresión física contra las mujeres no se vale. Si quieres desquitarte con alguien, que sea con los terceros en discordia, no con ellas, que ya tienen suficiente con que les asestes un gancho directo al corazón.

Bajo advertencia no hay engaño

marlboroSiempre me intrigó el poder del cigarro para que la gente siguiera comprándolo a pesar de que en letras chiquitas, pero visibles al fin, venía la advertencia de poder contraer una enfermedad mortal. Concluía, como ese niño inexperto que era, que solo el ser humano y su capacidad de raciocinio, esa que nos hace diferente de los animales a los que tanto miramos con recelo porque sueltan pelo, les huele la boca o apestan sus orines, es capaz de hacerse daño por propia voluntad. Pues bien, sabiendo eso, decidí que debía aprender a ser como una cajetilla de cigarros.

La publicidad engañosa termina derrumbándose tarde o temprano. Por más que te guste el anuncio de un chocolate, si lo pruebas y no te satisface, acabarás volviéndote inmune a los efectos de la campaña. Por eso es que no hay mejor alternativa que ser como la cajetilla de cigarros, tan dañina y malévola que enamora, tentadora como la ouija y tan orgullosa de su naturaleza que sabe que unas letritas doradas, incluyendo una amenaza de muerte, no serán impedimento suficiente para que la mujer se gaste el dinero que le dio su marido para la despensa, para que el albañil adelgace su ración de tortillas y frijoles o para que las más deseadas de un antro salgan a menear su cuerpo mientras se meten nicotina al cerebro y aliento insecticida a la boca.

Con las mujeres, siempre tan cuidadosas de las formas y con el tacto incubado de las viejas amas de casa, no hay mayor logro que ser un cínico hecho y derecho, como las cajetillas de Marlboro. Salvo que pretendas encontrar al amor de tu vida, tema en el que soy menos apto que Calderón para acabar con el narcotráfico, no hay mejor forma de agilizar los trámites del estira y afloja que relatar tu verdad, a lo Gloria Trevi, pero con más estilo, por favor.

La clave está en mencionar tus defectos sin que olviden los beneficios que ofreces. Es una cuestión de percepciones. Primero, hablas sobre tus cualidades, las enalteces a través de una plática en la que deberás ir deshebrando tus virtudes como si estuvieras haciéndolo con una bola de queso oaxaca, es decir, ir tirando poco a poco, mientras la que está enfrente de ti desea comerse esa quesadilla. Una vez que la boca se le ha hecho agua, puedes comenzar a contar que esos atributos tienen su precio, que quisieras haber evitado caer en tentaciones y ser un tipo con una personalidad menos compleja, capaz de ser hombre de una sola mujer, pero que en el fondo tanta búsqueda y coqueteo al mayoreo no es sino el grito desesperado de un hombre buscando que llegue el amor de su vida.

Ella se quedará en actitud pensativa. Entonces, como los cowboys que excitaban a las señoras de los sesenta en los anuncios de nuestros queridos Marlboro, estarás liberado, te habrás limpiado las manos de todas las lágrimas que puedan caer sobre el rostro de la consumidora que ha decidido adquirir el producto y disfrutarás de los beneficios de haber sido un caballero, pues la verdad nos hará libres… y también cínicos.

Dosificar para dominar

PájaroSi quieres, por irresponsable que sea, incurre en excesos cuando se trate de tomar alcohol, pero nunca, bajo ninguna circunstancia, te excedas en elogios hacia ellas. De lo bueno poco, dicen los experimentados, y en este caso aplica más que nunca porque al ego de una mujer hay que saberlo domar, de lo contrario puede acabar mordiéndote, hundiéndote en la depresión y hasta haciéndote pensar que a pesar de todas las inversiones que realizaste y de todas las pláticas aburridas que soportaste intentando llevártela a la cama, eres poca cosa para ellas. Más es menos, en marketing y en las relaciones sentimentales.

La vida difícil de un pájaro me iluminó para entender cómo debemos tratar a las mujeres cuando nos encontramos en ese proceso diplomático de estira y afloja, palabras éstas últimas que curiosamente ilustran el resultado de aquello que hacen hombre y mujer cuando el contrato se cierra, uno se estira y la otra afloja (vulgar, pero mi cerebro me pidió escribirlo). Mientras veía a ese pajarito que sacaba un papelito para poder por fin alimentarse con un granito de alpiste, entendí que eso es justo lo que debemos hacer. Darles lo suficiente para que se mantengan vivas, para que no se les borre la sonrisa y no quieran irse con otro que les proporcione elogios que van directo al cerebro, pero también lo mínimo indispensable para que no deseen escapar de la jaula empachadas por tanto cariño o detalles retóricos. No permitas la obesidad de su ego, la gordura no es buena en ninguna de sus formas.

El cuidado que debes poner al lanzar elogios es directamente proporcional al tiempo que tardó la susodicha en aceptar salir contigo por primera vez. Si le insististe y no aceptó sino hasta la cuarta o quinta ocasión que se lo pediste, deberás ser frío, distante, incluso desinteresado. Ella acudirá con la garantía de que pretendes algo con ella. Para decirlo en términos futboleros, ella se presentará con un planteamiento defensivo, esperando que sea el otro el que lo ataque. Ahí entra el arte de la confusión. No hables de un hipotético ustedes, concéntrate en banalidades, contéstale el teléfono a tus amigos, lanza dos o tres bromas como ataque inesperado y espera a que pase el tiempo. Si ella empieza a sonreír y a mostrarse más cercana, has logrado el primer paso, sino, si todo se mantiene frío y no te habla más que generalidades, te habrás ahorrado una posible humillación y la harás irse con una derrota directa al ego.

Bajo la estrategia anterior, o te vas con una victoria por cuando menos haberla besada, o con un empate, que en el futbol sería victoria pues lo conseguiste en calidad de visitante, con ella a la defensiva esperando que te abrieras para sorprenderte en un contragolpe.

Cada que salgas ve con un gotero para tus palabras. Si no lo haces por ti, hazlo por los demás, que ya de por sí tenemos que aguantar que al menos los albañiles le inflen el ego a cualquiera que se ponga falda o pantalón ajustado. Y como no es nada más cantidad sino calidad, ya después escribiré sobre cómo decir sin conceder.

Ropa doblada

Doctoras en actividades sin importancia

Temo contradecir a las feministas, pero tengo que hacerlo para que entiendan de una vez por todas que al hombre no le incomodan las capacidades intelectuales de las mujeres, sino que se gasten sus neuronas alimentando traumas que podrían tener sus bases -y digo podrían porque carezco de fundamento científico- en que el único lugar que ellas siempre han dominado es el de la casa.

Las mujeres irritan por su obsesión con el orden y la limpieza. No me refiero a los hábitos elementales de lavarse los dientes o bañarse cada mañana. La omisión de ellos tendría que provocar histeria en cualquiera. Me refiero a esa absurda propensión a convertir sus ojos en rayos X capaces de detectar si un pelo de perro se ha incrustado en su blusa, si un papel minúsculo aterrizó en el suelo o si una gota de agua se escabulló de la toalla para estamparse en el suelo. He pensado, en esa mente atormentada por el futbol que tengo, que las mujeres serían mejores árbitros que los hombres. Se pasan el día señalando qué es lo que se tiene que hacer. Dictan justicia con absoluta naturalidad.

Son doctoras en actividades que carecen de valor curricular. Si vives con una mujer, seguro te habrá tocado estar planificando un proyecto que promete darte miles de pesos, la mayor parte de ellos condenados a ser derrochados en caprichos de ella, y tener que pararte a doblar la ropa limpia y a guardarla en el debido cajón. Ellas son inmunes a los momentos de iluminación del hombre, aniquilan a los artistas y prefieren en su lugar a un perro domesticado, y quién mejor que tú porque, a diferencia de los verdaderos caninos, no sueltas tanto pelo.

Nunca me enojará que una mujer presente el mejor proyecto que haya visto, pero sí que me encenderá de furia que gracias a su doctorado en actividades no curriculares, uno tenga que vivir cuidando que una gota de pipí no manche la taza del baño, que la pasta de dientes sea oprimida de atrás para adelante, que los trastes se llenen de agua para que sea fácil lavarlos o hasta aprender a vestirse en silencio para no despertarlas de sus dulces sueños.

Antes, la mujer se levantaba de la cama para hacer de desayunar al hombre, ahora hay que vestirse corriendo el riesgo de equivocarse entre el calcetín azul y el negro porque si se prende la luz, ella despierta para desencadenar una ira que estallará ante cada objeto fuera de lugar. A las bestias más vale dejarlas dormir.

No se equivoquen. No recuerdo ninguna mujer que me haya fastidiado por hablarme de Dostoievsky ni de las pinturas de Leonora Carrington, pero sí que recuerdo mujeres que han despertado lo peor de mi por impedirme entrar a casa hasta que el piso se hubiera secado, por esperar que saque a cepillar al perro al parque o por hablarme como si fuera un estúpido por haber olvidado desconectar el tostador.  No me importa si todos los puestos de CEO son para mujeres si a cambio se me concede no encontrarme más mujeres con doctorado en actividades no curriculares.

El síndrome de Vicente Fox

Vicente FoxLo que funciona en campaña no sirve cuando estás sentado en la silla. Vicente Fox, ese ex presidente que tiene ganas de vender peyote en Oaxaca y cuyo rostro se adorna con unos bigotes que ya quisiera el gato con botas, es el espejo en que debes mirarte para nunca creer los elogios que lancen sobre ti en el proceso de enamoramiento. A él, los medios y la opinión pública lo aniquilaron por jugar a ser presidente bajo el uniforme del candidato. La terquedad, el tesón, el espíritu dicharachero y hasta la estupidez involuntaria le valieron votos antes de las elecciones, y mentadas a partir de que recogió su triunfo en las urnas para morar en Los Pinos. Esa, aunque duela, es la condena del hombre blanco -y supongo que también negro, aunque en él opere a favor el paradigma de la virilidad máxima- con las mujeres.

Si te encuentras en una de esas etapas en las que no te importa pasar horas sentado como chófer de microbús en tu carro para mirar las estrellas junto a ella, te recomiendo que menees la cabeza hasta recobrar un poco el sentido. Una vez que logres entrar en razón, ve anotando mentalmente los elogios que ella vierte sobre ti. Salvo por el color de los ojos y la intensidad de tu mirada, que no se marchitan ni con el paso del tiempo, todo se irá erosionado como excremento de perro en el parque. Los elogios a tu capacidad sexual durarán acorde a tus atributos y a cómo sepas usarlos, pero al final ni siquiera tu pequeño amigo estará exento de traspasar la frontera de lo extraordinario para transformarse en rutinario. Y entonces vendrán las quejas, ya sea porque tus poderes comienzan y terminan en la cama, de la que se terminará cansando una vez que se dé cuenta que también debe vivir para otros cosas, por tu manera de ver la vida o hasta por el modo en que ensucias los calcetines por no ponerte chanclas para estar en casa.

Los elogios de las mujeres son un bumerán que acabará rebanándote la cabeza o colmando tu paciencia. Si al principio eres admirable por tu devoción por el trabajo, meses después serás un adicto incapaz de separarse de la computadora para ponerse a ver la quincuagésima repetición del último capítulo de Friends. Si comienzas a salir y te dicen que eres espontáneo y simpático, acabarás siendo un tipo simple, que nada se toma en serio , un auténtico vividor que todo lo resuelve con una sonrisa. Si te declaran admiración por tu cariño a los perros, acabarás siendo catalogado como un zoofílico que prefiere acariciar al perro que se ha ganado tu cariño que a la mujer que al más puro estilo de Vicente Fox con Fidel Castro te dice, palabras más, palabras menos, «me coges y te vas».

Aún no doy con la fórmula para evitar el síndrome de Vicente Fox. Prometo compartirla si algún día la encuentro, pero lo dudo. Llegado el momento, cuando los elogios sean ataques y la admiración se torne en agravio, deberás decidir si ha llegado tu versión remasterizada de Marta Sahágun  o si optas por quedarte solo con tus atributos aunque ello implique perder la silla que con tanto esfuerzo ganaste durante la campaña. De momento, con todo gusto cedo mi lugar. Que se siente otro, yo prefiero seguir siendo candidato.

Volaris presenta: miedo a volar

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Me equivoqué pensando que tenía bien identificadas mis filias y mis fobias. O en verdad soy joven aunque la cifra se escuche cada vez más ruidosa o el cielo azul de Volaris no es más que una maquiavélica estrategia para incrementar nuestra capacidad de sorpresa. Las avenidas que se asoman en mi cabeza me hacen pensar que es más lo segundo que lo primero. Lo barato sale caro, tan caro que quisiera volver el tiempo atrás y mantener inmaculado mi alto concepto de volar en avión. A esta edad con gusto incorporo nuevas filias, pero las fobias las tenía bien guardadas en el baúl de la niñez, la cuna de todos los males según Freud.

Algo es seguro: Volaris se encarga de mantener a sus pasajeros con los pies en la tierra. Entiendo que eliminar el tradicional bluff de volar tenga su mérito, pero de ahí a que te haga sentir como si estuvieras formado en La Tapo el día en que comienza el periodo vacacional… A esta aerolínea de bajo costo se le pasa la mano. Respeta su concepto tan al pie de la letra que los pasajeros parecen actores pagados que hacen hasta el último esfuerzo con tal de bajar el cielo a la tierra, ponerlo a rodar sobre el pavimento y acompañarlo con música banda a las siete de la mañana. Ya saben, ese tipo de canciones que elevan al borracho a la cuarta potencia pero que en la sensatez de la sobriedad provoca un dolor de cabeza tan severo como el de la resaca. Una pesadilla de altos vueltos.

Mi fobia a volar, cuando menos a volar con Volaris, ha ido a más. Valiente como soy, aunque siga pendiente atreverme a subir en los más intrépidos juegos de los parques de diversiones, decidí darle dos y hasta tres oportunidades más. Reconozco que no fue sólo por voluntad, también porque si se cuentan los pesos y los centavos y se olvidan los más elementales códigos de confort, tranquilidad, alimentación balanceada y la necesidad de un sueño reparador, Volaris es buena opción. Craso error. En mi segundo y tercer intento por sumarme a la lista de viajeros satisfechos con esta aerolínea, acabé dándome cuenta de que el descaro de que una empresa socialmente responsable te alimente a las siete de la mañana con papas Sabritas y galletas María era lo de menos, una pequeña manchita en un tigre que requiere más espacios que álbum Panini para colocar todas sus carencias o, como le dirían en una corporación al empleado al que desean echar, sus áreas de oportunidad.

No más de cinco vuelos redondos en Volaris han arruinado uno de mis más recurrentes viajes a la nostalgia. Hasta antes de establecer una relación más forzada que voluntaria, por aquello de que donde manda empresa no gobierna colaborador, con esta aerolínea, cada que cruzaba el tobogán que lleva de la sala de espera al avión, aceptaba con gusto el viento que suele golpear a la cara y mecer la ropa que llevamos puesta. Desde adolescente, como enamorado de Winnie Cooper y adorador de Kevin Arnold, me parecía que esos pasos entre la tierra y el aire reflejaban bien la antesala de lo desconocido, de lo incierto. De haber podido, hubiera puesto como música de fondo la canción que abría Los Años Maravillosos y hubiera escuchado la voz de Macgyver (según yo la misma que la de Kevin Arnold adulto en español). Pero Volaris echó una cubetada de pintura azul como su cielo sobre mis fantasías y las arrojó al cesto de la basura.

Para que no parezca un artículo pagado contra Volaris, me limitaré a enumerar en unas cuantas líneas lo que me ha ocurrido. No entraré en detalle. Les contaré de refilón, como se espolvorea un pastel, lo que me ha tocado vivir. Ya saben lo de las papas Sabritas y las galletas María, pero no que el sueño placentero de sus pasajeros es interrumpido por la cabina de pilotos para dar un «anuncio muy importante», y no es que fallara el «Left Falange» de Friends ni que estuviéramos por afrontar la más severa de las turbulencias, sino que una niña cualquiera cumplía catorce años. Me da gusto por ella, pero de ahí a que pidan un aplauso atronador a las siete de la mañana… Después, cuando las frituras me habían convencido de que nada peor ocurriría, estaba dormitando cuando el trasero morado del cerdito del Teletón fue pasando asiento por asiento pidiendo donaciones. Tendrían que buscar donativos, pero para pagarme un boleto en otra aerolínea.

Sus pilotos, en una informalidad que viene desde lo más profundo de su manual de comportamiento institucional, se especializan en monólogos. No se limitan a compartir que el Aeropuerto de la Ciudad de México está saturado, sino que públicamente expresan su molestia por la deficiente operación. La inconformidad sindicalizada no es buena idea cuando a bordo se encuentran  pasajeros urgidos por quitarse de la cabeza la música banda que el compañero de asiento traía en sus audífonos o la discusión de marchanta de una señora con tal de que un señor que reservo en tiempo y forma su lugar en el avión le permitiera sentarse junto a su hija.

No sigo porque prefiero destrozarme el hígado con alcohol que con quejas. Reitero que no es nada personal (cada que escribo Nada Personal recuerdo las escenas de cama de Ana Colchero) contra Volaris, tan es así que al menos me he atrevido a subirme a sus aviones, porque si las promesas son ciertas, Viva Aerobús supera aún más esa experiencia de bajar el cielo para convertirlo en tierra. A esos aviones sí que no me subiría.

En la sala de espera

Sala de espera

La vida es una cadena de esperas concluidas. El ser humano -omito escribir hombre para evitar que las feministas cuelguen mi cabeza en la Alhóndiga de Granaditas- vive a través de la espera. Incluso en el desenlace, cuando el corazón ha dejado de latir y estamos tendidos en un ataúd cual Drácula antes de salir a chupar sangre, nos gusta pensar que el resultado no fue más que dejar de aguardar el acceso a una nueva vida, a liberar nuestra alma para que viaje por donde no pudimos hacerlo, para ir al encuentro con un Dios que en sí mismo es una espera, ya sea porque se le reza con el deseo de que surjan buenas noticias o porque no queda más que aceptar que el difunto terminó de esperar su ida al cielo (de preferencia tras caminar por la luz brillante de Ghost Whisperer y con la ayuda de Jennifer Love Hewitt y sus escotes de miedo).

El ambicioso y el conformista comparten un lugar en la sala de espera. El primero concluye una espera para enseguida pensar en la siguiente. Recibe un ascenso y piensa desde el minuto cero, aunque algunos lo oculten más que otros, en el siguiente escalón; habla con una mujer que le interesa y espera dar el siguiente paso. Si le gusta, a la caricia sobreviene el deseo de besar, al de besar, el de coger… El segundo es más estable, perpetua su espera. Nunca mejora su vida ni conquista nuevas mujeres, pero se despierta pensando que de algún modo, ya sea por Jesucristo, por la suerte o porque simple y sencillamente nadie merece estar jodido de por vida, llegará el día en que se acaben los malos tiempos.

No sé qué espero escribiendo sobre la vida, pero espero, aunque tanta espera produzca desespero, que de algo sirva, ya sea para convertirme en el werevertumorro de los blogs, en el nuevo 50 Shades of Grey o para descubrir que mi paciencia esperando un resultado no sirvió más que para decirme que estoy perdiendo el tiempo, y es que hasta para darnos cuenta de ello debemos esperar a que algo o alguien nos abra los ojos. Vivimos en la espera, en la ambición, en el deseo. Un estira y afloja. Tensión y distensión. Día que espera a la noche, noche que espera al día. Altas y bajas. La vida negada a ser un hecho lineal.

La espera puede ser pasiva o activa (como los gays, pero menos gráfica).. Tenía decidido comenzar a escribir de lo que me viniera en gana (advierto que no siempre gastaré mis átomos en filosofía coyoacanense para ver cuántas veces puedo meter la espera en un texto), pero esperaba dar con el nombre preciso de este humilde nido de letras, abruptos y exabruptos.Hurgué en mi acervo cultural pretendiendo dar con un nombre que me dejara bien parado pero sin correr el riesgo de parecer hipster (nada peor que eso, sobre todo por esos disfraces que llaman vestimenta). Fracasé, ya fuera por la hipsterofobia mencionada o porque acabé comprobando la ignorancia socrática de sólo saber que no sé nada.

Ante el fracaso intelectual, para el que tengo más explicaciones que Chepo de la Torre tras ser eliminado de la Copa Oro, no quedó más que mirar a mi alrededor. Y dio resultado. Debiendo estar sentado, me encontraba parado ante la verdulería en que se convierten las salas de espera cuando Volaris está por emprender el vuelo. Ante ese panorama desolador, con la computadora en un hombro y la maleta en el otro, me dí cuenta que había dado con el nombre. Al final, por más que unos carguen cajas de mercado selladas con masking tape y otros carguen su iPad para matar el tiempo mientras viajan por las nubes, todos vivimos a partir de la espera, con o sin estilo. Bienvenidos a la sala de espera, el nombre de este blog, pero también ese lugar en el que me hubiera gustado permanecer aquel día en vez de tener que afrontar mi nuevo miedo a volar, sobre el que tendrán que esperar (un esperar más y me doy un balazo, lo prometo) para saber de él.