Ropa doblada

Doctoras en actividades sin importancia

Temo contradecir a las feministas, pero tengo que hacerlo para que entiendan de una vez por todas que al hombre no le incomodan las capacidades intelectuales de las mujeres, sino que se gasten sus neuronas alimentando traumas que podrían tener sus bases -y digo podrían porque carezco de fundamento científico- en que el único lugar que ellas siempre han dominado es el de la casa.

Las mujeres irritan por su obsesión con el orden y la limpieza. No me refiero a los hábitos elementales de lavarse los dientes o bañarse cada mañana. La omisión de ellos tendría que provocar histeria en cualquiera. Me refiero a esa absurda propensión a convertir sus ojos en rayos X capaces de detectar si un pelo de perro se ha incrustado en su blusa, si un papel minúsculo aterrizó en el suelo o si una gota de agua se escabulló de la toalla para estamparse en el suelo. He pensado, en esa mente atormentada por el futbol que tengo, que las mujeres serían mejores árbitros que los hombres. Se pasan el día señalando qué es lo que se tiene que hacer. Dictan justicia con absoluta naturalidad.

Son doctoras en actividades que carecen de valor curricular. Si vives con una mujer, seguro te habrá tocado estar planificando un proyecto que promete darte miles de pesos, la mayor parte de ellos condenados a ser derrochados en caprichos de ella, y tener que pararte a doblar la ropa limpia y a guardarla en el debido cajón. Ellas son inmunes a los momentos de iluminación del hombre, aniquilan a los artistas y prefieren en su lugar a un perro domesticado, y quién mejor que tú porque, a diferencia de los verdaderos caninos, no sueltas tanto pelo.

Nunca me enojará que una mujer presente el mejor proyecto que haya visto, pero sí que me encenderá de furia que gracias a su doctorado en actividades no curriculares, uno tenga que vivir cuidando que una gota de pipí no manche la taza del baño, que la pasta de dientes sea oprimida de atrás para adelante, que los trastes se llenen de agua para que sea fácil lavarlos o hasta aprender a vestirse en silencio para no despertarlas de sus dulces sueños.

Antes, la mujer se levantaba de la cama para hacer de desayunar al hombre, ahora hay que vestirse corriendo el riesgo de equivocarse entre el calcetín azul y el negro porque si se prende la luz, ella despierta para desencadenar una ira que estallará ante cada objeto fuera de lugar. A las bestias más vale dejarlas dormir.

No se equivoquen. No recuerdo ninguna mujer que me haya fastidiado por hablarme de Dostoievsky ni de las pinturas de Leonora Carrington, pero sí que recuerdo mujeres que han despertado lo peor de mi por impedirme entrar a casa hasta que el piso se hubiera secado, por esperar que saque a cepillar al perro al parque o por hablarme como si fuera un estúpido por haber olvidado desconectar el tostador.  No me importa si todos los puestos de CEO son para mujeres si a cambio se me concede no encontrarme más mujeres con doctorado en actividades no curriculares.

El síndrome de Vicente Fox

Vicente FoxLo que funciona en campaña no sirve cuando estás sentado en la silla. Vicente Fox, ese ex presidente que tiene ganas de vender peyote en Oaxaca y cuyo rostro se adorna con unos bigotes que ya quisiera el gato con botas, es el espejo en que debes mirarte para nunca creer los elogios que lancen sobre ti en el proceso de enamoramiento. A él, los medios y la opinión pública lo aniquilaron por jugar a ser presidente bajo el uniforme del candidato. La terquedad, el tesón, el espíritu dicharachero y hasta la estupidez involuntaria le valieron votos antes de las elecciones, y mentadas a partir de que recogió su triunfo en las urnas para morar en Los Pinos. Esa, aunque duela, es la condena del hombre blanco -y supongo que también negro, aunque en él opere a favor el paradigma de la virilidad máxima- con las mujeres.

Si te encuentras en una de esas etapas en las que no te importa pasar horas sentado como chófer de microbús en tu carro para mirar las estrellas junto a ella, te recomiendo que menees la cabeza hasta recobrar un poco el sentido. Una vez que logres entrar en razón, ve anotando mentalmente los elogios que ella vierte sobre ti. Salvo por el color de los ojos y la intensidad de tu mirada, que no se marchitan ni con el paso del tiempo, todo se irá erosionado como excremento de perro en el parque. Los elogios a tu capacidad sexual durarán acorde a tus atributos y a cómo sepas usarlos, pero al final ni siquiera tu pequeño amigo estará exento de traspasar la frontera de lo extraordinario para transformarse en rutinario. Y entonces vendrán las quejas, ya sea porque tus poderes comienzan y terminan en la cama, de la que se terminará cansando una vez que se dé cuenta que también debe vivir para otros cosas, por tu manera de ver la vida o hasta por el modo en que ensucias los calcetines por no ponerte chanclas para estar en casa.

Los elogios de las mujeres son un bumerán que acabará rebanándote la cabeza o colmando tu paciencia. Si al principio eres admirable por tu devoción por el trabajo, meses después serás un adicto incapaz de separarse de la computadora para ponerse a ver la quincuagésima repetición del último capítulo de Friends. Si comienzas a salir y te dicen que eres espontáneo y simpático, acabarás siendo un tipo simple, que nada se toma en serio , un auténtico vividor que todo lo resuelve con una sonrisa. Si te declaran admiración por tu cariño a los perros, acabarás siendo catalogado como un zoofílico que prefiere acariciar al perro que se ha ganado tu cariño que a la mujer que al más puro estilo de Vicente Fox con Fidel Castro te dice, palabras más, palabras menos, «me coges y te vas».

Aún no doy con la fórmula para evitar el síndrome de Vicente Fox. Prometo compartirla si algún día la encuentro, pero lo dudo. Llegado el momento, cuando los elogios sean ataques y la admiración se torne en agravio, deberás decidir si ha llegado tu versión remasterizada de Marta Sahágun  o si optas por quedarte solo con tus atributos aunque ello implique perder la silla que con tanto esfuerzo ganaste durante la campaña. De momento, con todo gusto cedo mi lugar. Que se siente otro, yo prefiero seguir siendo candidato.