Siempre me intrigó el poder del cigarro para que la gente siguiera comprándolo a pesar de que en letras chiquitas, pero visibles al fin, venía la advertencia de poder contraer una enfermedad mortal. Concluía, como ese niño inexperto que era, que solo el ser humano y su capacidad de raciocinio, esa que nos hace diferente de los animales a los que tanto miramos con recelo porque sueltan pelo, les huele la boca o apestan sus orines, es capaz de hacerse daño por propia voluntad. Pues bien, sabiendo eso, decidí que debía aprender a ser como una cajetilla de cigarros.
La publicidad engañosa termina derrumbándose tarde o temprano. Por más que te guste el anuncio de un chocolate, si lo pruebas y no te satisface, acabarás volviéndote inmune a los efectos de la campaña. Por eso es que no hay mejor alternativa que ser como la cajetilla de cigarros, tan dañina y malévola que enamora, tentadora como la ouija y tan orgullosa de su naturaleza que sabe que unas letritas doradas, incluyendo una amenaza de muerte, no serán impedimento suficiente para que la mujer se gaste el dinero que le dio su marido para la despensa, para que el albañil adelgace su ración de tortillas y frijoles o para que las más deseadas de un antro salgan a menear su cuerpo mientras se meten nicotina al cerebro y aliento insecticida a la boca.
Con las mujeres, siempre tan cuidadosas de las formas y con el tacto incubado de las viejas amas de casa, no hay mayor logro que ser un cínico hecho y derecho, como las cajetillas de Marlboro. Salvo que pretendas encontrar al amor de tu vida, tema en el que soy menos apto que Calderón para acabar con el narcotráfico, no hay mejor forma de agilizar los trámites del estira y afloja que relatar tu verdad, a lo Gloria Trevi, pero con más estilo, por favor.
La clave está en mencionar tus defectos sin que olviden los beneficios que ofreces. Es una cuestión de percepciones. Primero, hablas sobre tus cualidades, las enalteces a través de una plática en la que deberás ir deshebrando tus virtudes como si estuvieras haciéndolo con una bola de queso oaxaca, es decir, ir tirando poco a poco, mientras la que está enfrente de ti desea comerse esa quesadilla. Una vez que la boca se le ha hecho agua, puedes comenzar a contar que esos atributos tienen su precio, que quisieras haber evitado caer en tentaciones y ser un tipo con una personalidad menos compleja, capaz de ser hombre de una sola mujer, pero que en el fondo tanta búsqueda y coqueteo al mayoreo no es sino el grito desesperado de un hombre buscando que llegue el amor de su vida.
Ella se quedará en actitud pensativa. Entonces, como los cowboys que excitaban a las señoras de los sesenta en los anuncios de nuestros queridos Marlboro, estarás liberado, te habrás limpiado las manos de todas las lágrimas que puedan caer sobre el rostro de la consumidora que ha decidido adquirir el producto y disfrutarás de los beneficios de haber sido un caballero, pues la verdad nos hará libres… y también cínicos.