Nunca bajes la guardia

antonio-margarito-eyeCasi todos sabemos querer, pero pocos sabemos amar. Y más vale que así nos quedemos, porque abrirte a la posibilidad de amar es quedar tan expuesto como Antonio Margarito ante Manny Pacquiao. Si no saben de boxeo, imagen una cara desfigurada, con los labios a lo Johnny Laboriel, los ojos a punto de estallar en medio de un cráter formado a punta de hinchazón y la nariz más chueca que un gancho pisado. Tétrica y espeluznante, así de paradójica es la experiencia de abrir la puerta a la exposición sentimental.

Cuando se entablan negociaciones con una mujer, sobre todo en los primeros escarceos, más vale que sea el hombre el que ponga las reglas del juego. Si permites que ella sea la que marque la agenda, la que lleva la batuta y la que encuentra la manija para hacerte embrutecer, irás perdiendo desde el primer round y sacar un golpe letal como el de Juan Manuel Márquez ya con el corazón maltrecho y los sentidos adulterados se complica conforme pasa el tiempo. El que pega primero pega dos veces, sabios los que lo concluyeron.

Ese contrato de compra-venta de bienes físicos entre hombre y mujer debe ser visto siempre como una pelea de box. El que inicia pensando que sus días serán tan felices como los de Dorita en la Ciudad Esmeralda está perdido. A las mujeres para tenerlas, hay que dominarlas. No es por fuerza una postura machista, sino más bien una necesidad para que la relación esté donde nosotros queramos y no donde ellas manden. Siempre que puedas, sin que lo espere, pero sin caer en la brutalidad de morder orejas como Mike Tyson, tira dos o tres golpes de autoridad, después abrázala. Es un uno-dos necesario para minar la confianza de tu contrincante, pero sin desmoralizarla a tal punto que piense que no podrá domar al peso pesado que tiene enfrente.

La guardia es tan importante como el ataque. Por más tentado que te sientas a traicionar tu manual para adaptarte a determinada circunstancia, nunca, bajo ningún pretexto, acudas a la pelea con la sonrisa en el rostro y la mano en el corazón. Nada bueno saldrá de eso, a menos que te guste ser como los sparrings, de esos que reciben golpes y nadie valora, cuando menos no el público ni las edecanes que contonean su cuerpo cada que suena la campana.

Y si algún día, por una de esas malas noches de las que ni Julio César Chávez se salvó, decides bajar la guardia y acabas en la lona. Recupérate, tómalo como experiencia. No te encapriches con tu rival. Hazle creer que ha ganado, que ni siquiera estás pidiendo la revancha porque ella es la dueña absoluta del ring. Entonces, como asesino a sueldo, espera paciente a que se dé la oportunidad de la auténtica venganza. Cuando ella sonría, cuando baje la guardia, cuando piense que todo está bajo su control, suéltale el golpe directo a la cara, déjala inconsciente, comienza la remontada, mándala a la lona y ten la delicadeza de levantarla, porque tampoco se trata de ser patán, bueno sí, pero no tanto.

Aclaro, porque ya me imagino a las asociaciones feministas queriéndome colgar en una de las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, que todos los golpes aquí sugeridos forman parte de una metáfora. La agresión física contra las mujeres no se vale. Si quieres desquitarte con alguien, que sea con los terceros en discordia, no con ellas, que ya tienen suficiente con que les asestes un gancho directo al corazón.

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