En la sala de espera

Sala de espera

La vida es una cadena de esperas concluidas. El ser humano -omito escribir hombre para evitar que las feministas cuelguen mi cabeza en la Alhóndiga de Granaditas- vive a través de la espera. Incluso en el desenlace, cuando el corazón ha dejado de latir y estamos tendidos en un ataúd cual Drácula antes de salir a chupar sangre, nos gusta pensar que el resultado no fue más que dejar de aguardar el acceso a una nueva vida, a liberar nuestra alma para que viaje por donde no pudimos hacerlo, para ir al encuentro con un Dios que en sí mismo es una espera, ya sea porque se le reza con el deseo de que surjan buenas noticias o porque no queda más que aceptar que el difunto terminó de esperar su ida al cielo (de preferencia tras caminar por la luz brillante de Ghost Whisperer y con la ayuda de Jennifer Love Hewitt y sus escotes de miedo).

El ambicioso y el conformista comparten un lugar en la sala de espera. El primero concluye una espera para enseguida pensar en la siguiente. Recibe un ascenso y piensa desde el minuto cero, aunque algunos lo oculten más que otros, en el siguiente escalón; habla con una mujer que le interesa y espera dar el siguiente paso. Si le gusta, a la caricia sobreviene el deseo de besar, al de besar, el de coger… El segundo es más estable, perpetua su espera. Nunca mejora su vida ni conquista nuevas mujeres, pero se despierta pensando que de algún modo, ya sea por Jesucristo, por la suerte o porque simple y sencillamente nadie merece estar jodido de por vida, llegará el día en que se acaben los malos tiempos.

No sé qué espero escribiendo sobre la vida, pero espero, aunque tanta espera produzca desespero, que de algo sirva, ya sea para convertirme en el werevertumorro de los blogs, en el nuevo 50 Shades of Grey o para descubrir que mi paciencia esperando un resultado no sirvió más que para decirme que estoy perdiendo el tiempo, y es que hasta para darnos cuenta de ello debemos esperar a que algo o alguien nos abra los ojos. Vivimos en la espera, en la ambición, en el deseo. Un estira y afloja. Tensión y distensión. Día que espera a la noche, noche que espera al día. Altas y bajas. La vida negada a ser un hecho lineal.

La espera puede ser pasiva o activa (como los gays, pero menos gráfica).. Tenía decidido comenzar a escribir de lo que me viniera en gana (advierto que no siempre gastaré mis átomos en filosofía coyoacanense para ver cuántas veces puedo meter la espera en un texto), pero esperaba dar con el nombre preciso de este humilde nido de letras, abruptos y exabruptos.Hurgué en mi acervo cultural pretendiendo dar con un nombre que me dejara bien parado pero sin correr el riesgo de parecer hipster (nada peor que eso, sobre todo por esos disfraces que llaman vestimenta). Fracasé, ya fuera por la hipsterofobia mencionada o porque acabé comprobando la ignorancia socrática de sólo saber que no sé nada.

Ante el fracaso intelectual, para el que tengo más explicaciones que Chepo de la Torre tras ser eliminado de la Copa Oro, no quedó más que mirar a mi alrededor. Y dio resultado. Debiendo estar sentado, me encontraba parado ante la verdulería en que se convierten las salas de espera cuando Volaris está por emprender el vuelo. Ante ese panorama desolador, con la computadora en un hombro y la maleta en el otro, me dí cuenta que había dado con el nombre. Al final, por más que unos carguen cajas de mercado selladas con masking tape y otros carguen su iPad para matar el tiempo mientras viajan por las nubes, todos vivimos a partir de la espera, con o sin estilo. Bienvenidos a la sala de espera, el nombre de este blog, pero también ese lugar en el que me hubiera gustado permanecer aquel día en vez de tener que afrontar mi nuevo miedo a volar, sobre el que tendrán que esperar (un esperar más y me doy un balazo, lo prometo) para saber de él.