Lo que funciona en campaña no sirve cuando estás sentado en la silla. Vicente Fox, ese ex presidente que tiene ganas de vender peyote en Oaxaca y cuyo rostro se adorna con unos bigotes que ya quisiera el gato con botas, es el espejo en que debes mirarte para nunca creer los elogios que lancen sobre ti en el proceso de enamoramiento. A él, los medios y la opinión pública lo aniquilaron por jugar a ser presidente bajo el uniforme del candidato. La terquedad, el tesón, el espíritu dicharachero y hasta la estupidez involuntaria le valieron votos antes de las elecciones, y mentadas a partir de que recogió su triunfo en las urnas para morar en Los Pinos. Esa, aunque duela, es la condena del hombre blanco -y supongo que también negro, aunque en él opere a favor el paradigma de la virilidad máxima- con las mujeres.
Si te encuentras en una de esas etapas en las que no te importa pasar horas sentado como chófer de microbús en tu carro para mirar las estrellas junto a ella, te recomiendo que menees la cabeza hasta recobrar un poco el sentido. Una vez que logres entrar en razón, ve anotando mentalmente los elogios que ella vierte sobre ti. Salvo por el color de los ojos y la intensidad de tu mirada, que no se marchitan ni con el paso del tiempo, todo se irá erosionado como excremento de perro en el parque. Los elogios a tu capacidad sexual durarán acorde a tus atributos y a cómo sepas usarlos, pero al final ni siquiera tu pequeño amigo estará exento de traspasar la frontera de lo extraordinario para transformarse en rutinario. Y entonces vendrán las quejas, ya sea porque tus poderes comienzan y terminan en la cama, de la que se terminará cansando una vez que se dé cuenta que también debe vivir para otros cosas, por tu manera de ver la vida o hasta por el modo en que ensucias los calcetines por no ponerte chanclas para estar en casa.
Los elogios de las mujeres son un bumerán que acabará rebanándote la cabeza o colmando tu paciencia. Si al principio eres admirable por tu devoción por el trabajo, meses después serás un adicto incapaz de separarse de la computadora para ponerse a ver la quincuagésima repetición del último capítulo de Friends. Si comienzas a salir y te dicen que eres espontáneo y simpático, acabarás siendo un tipo simple, que nada se toma en serio , un auténtico vividor que todo lo resuelve con una sonrisa. Si te declaran admiración por tu cariño a los perros, acabarás siendo catalogado como un zoofílico que prefiere acariciar al perro que se ha ganado tu cariño que a la mujer que al más puro estilo de Vicente Fox con Fidel Castro te dice, palabras más, palabras menos, «me coges y te vas».
Aún no doy con la fórmula para evitar el síndrome de Vicente Fox. Prometo compartirla si algún día la encuentro, pero lo dudo. Llegado el momento, cuando los elogios sean ataques y la admiración se torne en agravio, deberás decidir si ha llegado tu versión remasterizada de Marta Sahágun o si optas por quedarte solo con tus atributos aunque ello implique perder la silla que con tanto esfuerzo ganaste durante la campaña. De momento, con todo gusto cedo mi lugar. Que se siente otro, yo prefiero seguir siendo candidato.